Socialdemocracia y fascismo
El pasado lunes, 21 de julio, las calles de Murcia acogieron una multitudinaria manifestación en denuncia de los pogromos fascistas en Torre Pacheco. La convocatoria no dejó indiferente a nadie: algunos de los principales líderes políticos de la izquierda institucional española realizaron el esfuerzo de acudir a la capital murciana. Actores como Antonio Maíllo (coordinador de IU), Enrique Santiago (secretario general del PCE) e Irene Montero (eurodiputada de Podemos), no perdieron la oportunidad de exhibirse ante la prensa. Tampoco el grupo municipal del PSOE.
Cabe preguntarnos, entonces, ¿cuál fue el contenido político de la movilización? El rechazo a las agresiones fascistas y, al fascismo en sí mismo, constituye un principio de consenso entre todas las fuerzas políticas de la izquierda parlamentaria. O, al menos, siempre y cuando se despoje de su contenido económico. En el libro El fascismo, Ernest Mandel señala: “[…] el fascismo es un producto del capitalismo monopolista e imperialista. Todas las demás tentativas de interpretación del fascismo en términos puramente psicológicos conllevan la misma debilidad fundamental”. La manumisión económica del fascismo es, precisamente, el sustrato discursivo de la socialdemocracia; la máscara que le permite presentarse ante nuestra clase como la salvaguarda de la tolerancia. Como comunistas, es nuestro deber mostrar su verdadero rostro.
Varios miembros de la redacción estuvimos presentes en la movilización. Allí pudimos constatar, una vez más, el rol de la socialdemocracia como garante del orden y, consecuentemente, del propio fascismo. Al poco tiempo de dar comienzo la manifestación, un hombre de IU/Sumar increpó a un grupo de jóvenes que portaban pancartas donde podía leerse: “El capital señala, el fascismo ejecuta”, “Combatir el imperialismo, para acabar con el racismo” y “Gobierno progresista, cómplice racista”. Antirracista de palabra, gestor del saqueo imperialista de hecho, hemos de suponer que el hombre se molestó por la pancarta que señalaba directamente a su Gobierno. Con actitud violenta, aunque con la cobardía que caracteriza su ideología, siguió durante varios minutos al grupo verbalizando insultos para, posteriormente, victimizarse cuando los jóvenes y manifestantes colindantes lo echaron del bloque. Pero no acaba aquí el circo. Más tarde, pudimos observar como este hombre, fiel al espíritu de Julio Anguita, se dirigió a la policía mientras señalaba al grupo de jóvenes bajo el argumento de que se trataba de “fascistas encubiertos”. Ni más ni menos. Cuando se le señaló como chivato, para sorpresa de nadie, defendió su actuación en tanto que, como funcionario, la policía es su compañera. ¡Y cuánta razón tiene!
Que algunos miembros de la socialdemocracia no saben por dónde les sopla el viento es algo que, en menor o mayor medida, todos conocemos. Sin embargo, hemos querido centrar la crónica en unos hechos que muestran a la perfección la unidad entre el Estado y la reforma. La izquierda institucional, representantes políticos de la oligarquía financiera y gestores de la miseria de nuestra clase, alimenta a la bestia fascista mientras increpa a quienes abogan por construir una alternativa revolucionaria. Este es su papel y ningún otro más. El fascismo no es un ente político abstracto, es la consecuencia lógica de un imperialismo en crisis. Tan solo enfrentando el capitalismo podremos enterrar a la bestia. Tengamos claro cuál es nuestro camino y quienes son nuestros aliados, pues ellos tienen claro quienes son los suyos.
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