En defensa de las necesidades de clase
Este Primero de Mayo, por tercer año consecutivo en nuestra ciudad, saldrá a las calles el Bloque Comunista que alza orgulloso las banderas rojas del proletariado revolucionario. Como un pequeño balance de esta experiencia, podemos citar la crónica publicada en este diario tras el 1M del año pasado, en la cual se sentenciaba que «[l]a importancia del bloque no [era], por lo tanto, su composición de clase (desde trabajadores industriales a camareros, pasando por interinos y becarios), sino su conciencia de clase». Con conciencia de clase hacíamos alusión al «comportamiento racionalmente determinado en cada situación concreta del modelo productivo».
Tanto en el 2023, como en el 2024, el Bloque no sólo pronunciaba el discurso político central para el comunismo en el momento actual (la reconstitución del Partido Comunista), sino que, además, era el único espacio en toda la manifestación en el que las y los trabajadores jóvenes tuvieron espacio y altavoz para contar y denunciar sus propias vivencias. Por supuesto, con especial énfasis en las denuncias laborales, pero también recogiendo otras situaciones como abusos machistas, la carestía de la vida o la dificultad de acceso a la vivienda. Se trata, pues, de una pequeña demostración empírica de que un discurso político elevado no va reñido con las denuncias más básicas y particulares. El Bloque Comunista consigue articular un discurso unitario y coherente tanto en torno a las problemáticas inmediatas del proletariado como de sus objetivos históricos en este momento concreto.
Sin embargo, la propia participación en la manifestación es tan sólo la parte visible del trabajo político que hay detrás. Es necesario que cada año volvamos a plantearnos una serie de cuestiones para buscar respuestas que nos ayuden a avanzar en nuestra práctica diaria. Aquella que no se circunscribe a fechas concretas, sino que las aprovecha de manera táctica. Para ello este artículo ofrece una serie de pinceladas sobre algunos temas que, en mayor o menor medida, constituyen cuestiones candentes para nuestro movimiento.
Sobre la clase y el proletariado hondo
En El imperialismo y la escisión del socialismo Lenin afirmaba que «si queremos seguir siendo socialistas, nuestro deber es ir más abajo y más a lo hondo, a las verdaderas masas: en ello está el sentido de la lucha contra el oportunismo y todo el contenido de esta lucha». Lo primero que hay que hacer es contextualizar esta cita. El líder bolchevique escribía aquellas palabras cuando el comunismo estaba articulado como una fuerza internacional y en Rusia había un Partido Comunista constituido. Evidentemente, nosotros aun estamos lejos de encontrarnos en una situación similar. No obstante, incluso en la actual fase embrionaria del proceso revolucionario cuando la reconstitución del comunismo todavía es una tarea pendiente— el deber de ir más abajo y más a lo hondo sigue vigente. Aunque debemos tener en cuenta que nuestra capacidad para hacerlo se encuentra limitada debido a la ausencia del Partido revolucionario. Esta realidad, lejos de desanimarnos, lo que hace es imponernos la tarea de hilar fino en nuestro trabajo, medir las fuerzas y ser sumamente creativos e inteligentes a la hora de establecer nuestras tareas concretas para llegar a los sectores hondos del proletariado (entendiendo por «llegar» su incorporación al proceso revolucionario de reconstitución). Con respecto a esto, uno de los principales handicaps que merece la pena señalar es que los representantes más conscientes del proletariado hondo —los más susceptibles de unirse a las filas del comunismo— siguen y seguirán integrándose en las organizaciones burguesas y aristobreras si no conseguimos articularnos como una fuerza política proletaria real. Cada representante activo del proletariado hondo que se enrola en las filas de las organizaciones reformistas arrastra a estos proyectos a decenas, cientos y miles de proletarios más pasivos e inconscientes. Es por ello que en la situación actual debemos prestar especial atención al trabajo específicamente orientado a los perfiles más destacables del proletariado hondo; aquellos más conscientes, más inquietos y más susceptibles de asumir la militancia comunista. Esto significa que debemos saber elaborar una agitación efectiva enfocada específicamente en dichos perfiles (cuyo número es limitado y son más fácilmente localizables) y apoyarla en una propaganda con potencial de extensión a todo su sector. Es decir, no podemos separar artificialmente ambas vertientes. Si únicamente desarrollamos trabajo muy focalizado en perfiles concretos sin hacernos eco de todas las problemáticas de los sectores a los que dichos perfiles pertenecen, no lograremos posicionar el comunismo como respuesta y referente para los más conscientes. En cambio, y yéndonos a otro extremo, si nos centramos únicamente en el trabajo general, enfocado hacia estratos muy amplios, sin desarrollar o conectar esa propaganda con tareas orientadas al proselitismo de perfiles concretos —aquellos más conscientes— no lograremos localizarlos e incorporarlos a la militancia comunista.
Sobre las alianzas
Es evidente que la táctica de alianzas de un movimiento comunista pendiente de constituirse en el Partido de la Revolución difiere de la táctica (más ambiciosa) que podrá adaptar el Partido Comunista reconstituido. Entre muchos factores que condicionan este hecho está la capacidad de preservar la independencia política del proletariado. Cuando el Partido es una realidad material objetiva, la independencia de clase es un hecho. Mientras la reconstitución no esté completa, la independencia política no es una realidad, sino una de las tareas que ha de acometer nuestro movimiento en su proceso de transformación en el Partido. Esta situación exige de nosotros un mayor recelo a la hora de establecer nuestras alianzas.
En la fase actual, la ruptura con las fuerzas socialdemócratas del capital es sólo la punta del iceberg. Ni siquiera es un paso en el camino de la independencia, sino una de sus condiciones sine qua non. Nuestra tarea va más allá y es más compleja. No sólo se trata de romper con los enemigos y saboteadores abiertos de la revolución, sino también con aquellos que visten ropajes de «amigos» del pueblo y de la revolución y esto, a menudo, es mucho más complicado. La ideología proletaria aun no esta sintetizada y, por ende, materializada en una fuerza política organizada. Se encuentra en una fase embrionaria. Este hecho hace que sea más difícil deslindar de manera nítida y acertada la incipiente ideología proletaria de otras expresiones antiproletarias, como por ejemplo el radicalismo pequeñoburgués y el reformismo aristobrero, cuando ambos intentan hacerse pasar por posturas revolucionarias.
Por suerte, existe un tip para el «mientras tanto». Si el deslindamiento en el terreno discursivo a menudo es complicado, en el terreno de los hechos esta tarea suele ser más sencilla. «Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con vestidos de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces. Por sus frutos los conoceréis» (Mateo 7:15). La práctica es el criterio de la verdad y los frutos de las prácticas pequeñoburguesas son manjares para la clase dominante y veneno para el proletariado. Es en el terreno de la práctica donde los comunistas y el proletariado consciente en general suelen reconocer los cantos de sirena de sus enemigos disfrazados de aliados. Evidentemente, las prácticas antiproletarias no siempre son conscientes ni premeditadas, y sin embargo, su resultado siempre es el mismo: el entorpecimiento del proceso revolucionario, trabas a la toma de conciencia proletaria. Las formas que adquieren dichos resultados son de lo más variopintos. No debemos pensar únicamente en la aniquilación directa de las organizaciones revolucionarias. Dentro de estas prácticas también encontramos fenómenos menores como practicismo, pacifismo, culto a la espontaneidad, oportunismo, asamblearismo y reuniones interminables que llevan al inmovilismo, la apatía y la desidia.
La debilidad de nuestro movimiento nos empuja a agarrarnos a los clavos ardiendo, a intentar unir fuerzas con aquellos que se declaran —a veces de manera honesta, aunque no por ello menos nociva— defensores de la revolución o de los derechos del pueblo trabajador. Aunque seamos conscientes de las limitaciones de esos sectores, tendemos a albergar la esperanza que podemos unir nuestras fuerzas con ellos en torno a algunas cuestiones concretas, caminar juntos hasta cierto punto o hacia algún objetivo coyuntural determinado. Porque no somos sectarios, porque confiamos en las personas que parecen estar dispuestas a luchar. Sin embargo, es necesario saber distinguir la esencia de la apariencia, un rasgo que ha de caracterizarnos como materialistas dialécticos que queremos ser. La debilidad ideológica, política y organizativa del comunismo hace que una y otra vez salgamos como perdedores de estas alianzas tácticas que implican concesiones a una u otra expresión de la ideología burguesa, incluidas las pseudorevolucionarias. Hasta ahora nuestra experiencia nos muestra que esta práctica de alianzas muy rara vez ha llevado a algún tipo de avance revolucionario o, siquiera, alguna mejora en la capacidad de organización del proletariado frente a supuestos «enemigos comunes» como el fascismo, el cretinismo parlamentario o el Estado burgués. Los comunistas no rechazamos por principio las políticas de alianzas, pero tampoco debemos asumir dogmáticamente su necesidad. Una vez más, análisis concreto de cada situación concreta es lo que debe guiar nuestra praxis.
Sobre el movimiento obrero y el sindicalismo
Una de las desviaciones de las que debe deshacerse nuestro movimiento es de reducir el movimiento obrero a las luchas económicas. El movimiento obrero debe ser entendido como un movimiento político del que el movimiento comunista forma parte. Debemos ser el núcleo alrededor del cual se articula la multiplicidad de luchas políticas llevadas a cabo por nuestra clase. Este núcleo debe ser la materialización de la conciencia revolucionaria del proletariado, constituyendo el polo que vertebra todas las manifestaciones de la lucha de nuestra clase. Así se construye la relación dialéctica entre el núcleo esencial del movimiento y su totalidad, alcanzando la unidad ideológica, política y organizativa con la conciencia revolucionaria como elemento central. De esta manera, el núcleo adquiere la capacidad de transformación consciente de la totalidad del movimiento. Y, a su vez, alcanza la capacidad de trasformar a sí mismo de manera consciente, incorporando en sí los resultados de los saltos de desarrollo que acomete el movimiento en general. Es decir, así el movimiento comunista no se nutre de las experiencias generales de lucha del proletariado de manera espontánea, sino con una precisión científica y consciente de las (sus) necesidades revolucionarias en cada momento. Así es como consigue supeditar y transformar la espontaneidad y no sucumbir ante ella, preservando la conciencia revolucionaria.
En cuanto a las luchas económicas/sindicales aquí ocurre lo mismo que con cualquier otra lucha proletaria y se requiere de un análisis concreto. Este debe partir de nuestra comprensión de la fase imperialista del capitalismo contemporáneo. Necesitamos dotarnos de una herramienta de la cual carecemos hoy en día: un análisis de clases de la sociedad española enmarcado dentro del análisis general del imperialismo. No obstante, incluso a estas alturas podemos determinar algunos puntos de relevancia para esta cuestión. Volviendo otra vez a una de nuestras crónicas: «Nos encontramos, entonces, con el sindicalismo, forma de lucha económica del proletariado concebida dentro de los límites del capitalismo, unido a la corrupción material e ideológica del imperialismo, que toma forma en grandes centrales sindicales inmersas en el correcto funcionamiento del Estado». Podemos concluir, entonces, que existen diferencias entre el sindicalismo del capitalismo librecambista y el sindicalismo en la fase imperialista. Ahora el objetivo de los sindicatos ni siquiera es, como en antaño, la defensa de los intereses económicos de la clase trabajadora (o subir el precio de la mano de obra). Este ya no es su objetivo final, sino un medio para su objetivo real que es el aumento de sus propias ganancias, compitiendo con otras organizaciones sindicales. Este análisis encuentra su reflejo en nuestra experiencia práctica si observamos la situación actual de las organizaciones sindicales en el Estado español. Estas, independientemente de sus siglas, ideologías o grado de combatividad, persiguen en primera instancia unos fines autorreferenciales en una carrera sin fin por ganar mayores cuotas en la representación formal de algunos sectores de la clase trabajadora y sus intereses económicos inmediatos. Y, como decimos, la defensa de estos intereses no es ni siquiera un fin en sí mismo, sino un medio. Por lo tanto, si la contribución comunista a la lucha por la defensa de los intereses económicos no se sale de los marcos del sindicalismo actualmente existente, inevitablemente acabaremos fortaleciendo un medio que sirve a los fines particulares de tal o cual organización sindical, y no a los fines históricos del proletariado. Acabaremos, pues, supeditando las fuerzas revolucionarias conscientes a los intereses particulares de una u otra corriente sindical. Por lo tanto, la tarea de establecer una estrategia sindical que contribuya al proceso revolucionario sigue siendo una tarea pendiente que tenemos que afrontar prácticamente desde cero.
Marco actual
El proceso revolucionario, pese a su carácter incipiente, sigue avanzando. Nuestro papel radica en determinar con exactitud en qué momento de este proceso nos encontramos. Este es el punto central de nuestra actuación. La fase de reconstitución del comunismo como referente revolucionario para el proletariado determina y organiza nuestras prioridades para cada ámbito concreto. Debemos avanzar en la unidad comunista articulada en torno a la conciencia revolucionaria de la que emana la unidad ideológica, política y organizativa. Esta unidad contribuye a la unificación del movimiento obrero convirtiéndolo en un sujeto consciente y cada vez más amplio. A su vez, esta contribución a la vigorosidad del conjunto del movimiento obrero, entendido como un todo, contribuye a que su núcleo consciente —el movimiento comunista— avance con mayor facilidad y rapidez en sus tareas, haciéndose cada vez más fuerte en su camino hacia la toma del poder.
Para ello debemos oponernos al orden capitalista, sostenido por todas las estructuras que hacen posible la imposición de los intereses de la oligarquía financiera a toda la sociedad. En el momento actual, la reacción más negra y la guerra imperialista vuelven a situarse en el primer plano de la política internacional y son las principales amenazas para el proletariado en todo el mundo. Pero, como decimos, no son males que caen del cielo, sino el producto de la práctica social ejecutada por diversos actores. El conjunto de estas prácticas, a menudo contradictorias entre sí, son las que hacen avanzar la apisonadora de las lógicas capitalistas, orientadas a la salvaguarda de la tasa de ganancias del capital financiero. Nuestro papel es saber reconocer cómo se concretan estas prácticas y prepararnos, volvernos cada vez más fuertes, para saber dar la batalla contra cada una de ellas. Con este objetivo construimos la organización del proletariado revolucionario. Una organización que encarne al proletariado internacional y no a una minoría aristobrera privilegiada. Una organización capaz de plantear guerra a la guerra. Una organización capaz de plantear la revolución socialista no sólo como una alternativa, sino como una posibilidad verosímil históricamente determinada. Una organización que luche por el comunismo, articulando la conciencia revolucionaria en oposición a los sindicatos oportunistas, los partidos reformistas y otros lacayos —o tontos útiles— de los intereses de la oligarquía financiera que deparan para el proletariado nada más que la barbarie de una opresión sin fin y guerras de exterminio.
La ambición de nuestros objetivos contrasta con la humilde apariencia de nuestros primeros pasos. Pero esta apariencia no ha de llevarnos al engaño. No hay atajos, ni tareas menores. Nadie recorrerá nuestro camino por nosotros. Así que caminemos juntos una vez más este Primero de Mayo. Sigamos aportando nuestros granitos de arena hasta que el peso de la montaña que levantamos se haga insostenible para el orden imperialista.