Entrevistador (E) – Buenos días, camarada ¿Quieres presentarte?
Nelson (N) – Buenos días, mi nombre es Nelson, he militado algunos años en Ecuador. Obviamente soy de Ecuador y ahora que estoy aquí también sigo mi militancia y considero que puede ser importante esta entrevista para aclarar algunos puntos sobre la actualidad del país.
E. – Ecuador vive actualmente un periodo convulso marcado por un proceso de liberalización estatal y una profunda crisis política, agravada por el aumento de la violencia en las calles y el crecimiento de bandas organizadas. Por ello, nos parece importante realizar esta entrevista con un camarada ecuatoriano para entender mejor las dinámicas que subyacen en este país latinoamericano. Vamos a empezar con una pregunta de contexto para que nuestros lectores puedan entender cómo hemos llegado a la situación actual. ¿Podrías explicarnos cómo han evolucionado las pandillas en estos últimos años? ¿Y cómo han afectado al pueblo ecuatoriano?
N. – Para empezar, creo que el tema de las pandillas no es algo reciente: en Latinoamérica, en general siempre han existido bandas pequeñas organizadas, aunque quizá no en el nivel que vemos ahora. Para entender lo que ocurre con las bandas actuales habría que remontarse unos quince años atrás, cuando empieza un auge más fuerte vinculado al negocio de la droga. En ese periodo empieza a haber más presencia del narcotráfico en el país y se establecen vínculos mucho más sólidos con estas redes. En un contexto más reciente, se podría decir que quien coordinaba buena parte de estas operaciones era un tal Jorge Luis Zambrano. Empezó como eso, un ladrón de poca monta y fue escalando. Capturan a este personaje y sin embargo desde la cárcel siguió controlando el narcotráfico, la violencia y los sicariatos. No a un nivel tan extremo que vemos ahora, pero sí de forma significativa. Desde las cárceles controla a diversos grupos que se hacían llamar Los Choneros. Aunque todos se englobaban bajo ese nombre, las distintas manos derechas de Jorge Luis Zambrano tenían sus propios grupos: unos se llamaban Los Lobos, otros Los Tiguerones, otros Los Killer, etc…
¿Qué pasa? Que en 2019 muere Jorge Luis Zambrano. Y una de sus manos derechas “Alias Fito”, se alía con otro grande del narcotráfico que era otra de las manos derechas y juntos crean su propia banda, mucho más fuerte. Las otras manos derechas de Zambrano se disgregan de Fito e intentan asesinar a su otro aliado, finalmente terminan dividiéndose en dos grandes bandas: Los Lobos y Los Choneros. Por lo que se ve, estas dos grandes bandas, están vinculadas a carteles mexicanos, Los lobos con Jalisco Nueva Generación y el Cartel de Sinaloa con Fito.
A partir de la pandemia esta situación se empieza a agudizar más. Desde las cárceles empiezan a gestionar todo su engranaje y su negocio delictivo, esto deriva en matanzas carcelarias entre bandas, donde mueren incluso reos comunes, que no tienen nada que ver con las bandas. En muchas cárceles del país que ellos controlan comienzan a darse este tipo de situaciones. No es tan sencillo de explicar, pero es la podredumbre del Estado como tal, porque no solo son las bandas sino también son altos cargos militares, policiales y de las prisiones que les dejaban pasar armas. Incluso hay vídeos rondando por internet muy crueles de lo que hacían, pero es su forma de decir: aquí estamos, somos este tipo de bandas y es lo que hacemos para controlar la situación.
Esta expansión se traslada a las calles en forma de extorsiones, conocidas en Ecuador como las “vacunas”, que varían según el barrio o la zona. Si una persona no paga una mensualidad, matan a su familia o a sus seres queridos. Si alguien tiene un negocio que funciona medio bien, intentan extorsionarlo. Esto genera una crisis de violencia que incluye sicariatos y asesinatos diarios de formas muy violentas más parecidas a las que suele haber en México: personas colgadas en puentes, decapitadas… algo que no se había visto en Ecuador. Todo esto ocurre mezclado con un panorama político en el que la crisis se va agudizando cada vez más, con una situación económica que no es la mejor.
E. – Continuando con el contexto político, el Estado en Ecuador lleva más de cinco años de transición del correísmo que antes gobernaba al neoliberalismo. De forma breve, ¿cómo analizas estos últimos años? ¿Cómo han afectado estas políticas a la clase trabajadora?
N. – Para entrar un poco en contexto vamos a dejar claras dos posiciones. Correa, en sí, no vino a mejorar las condiciones para el país. Lo que hay que entender es que Correa pertenece a un sesgo del propio capitalismo: que es el socialismo del siglo XXI, que más que socialismo es una forma de progresismo dentro de la región, pero con una inclinación no tanto a Estados Unidos sino a China. Aquí podemos entrar en el debate –muy necesario en las organizaciones– sobre el imperialismo y sobre si China es o no imperialista. Desde las experiencias de Latinoamérica y en este caso la de Ecuador, vemos una irrupción bastante fuerte de China en los sectores de la minería y del petróleo. Lo que hizo Correa, aliado a grandes monopolios del Ecuador, fue aplicar una estrategia mediante la que China endeudó al país, de una forma similar a como lo podía haber hecho Estados Unidos, pero en este caso concesionando la minería.
Históricamente Estados Unidos ha estado con el sector petrolero y China con el minero. Eso no significa que Estados Unidos haya desaparecido del mapa, porque han estado presentes otros países como Canadá con el ámbito minero. Solo para dar un dato, más del 12 o 13% del país ya está concesionado a la minería y eso es algo que Ecuador le entrega a China a cambio de endeudamiento. Con ese dinero en la época de Correa, se han creado hospitales, universidades, carreteras y otras infraestructuras. Pero el problema es que no somos un país industrializado, somos una semicolonia. Y eso hay que tenerlo muy claro. Al no generar nuestras propias fuerzas productivas, el endeudamiento sigue ahí. O sea, tenemos hospitales sin médicos ni medicinas, universidades y colegios sin profesorado, y las carreteras o la infraestructura que se han hecho, en realidad, están pensadas para que la materia prima pueda salir mucho más fácil del país. Hay muchas cosas enmascaradas que buscaban limpiar la imagen de Correa como si el país estuviera avanzando, pero en el fondo es un endeudamiento más, como lo podría haber sido con Estados Unidos.
Si el socialismo del siglo XXI es una rama del capitalismo progresista, la otra rama es la de Noboa, que llaman neoliberalismo, pero que al final sigue siendo como el capitalismo financiero de siempre. Son pugnas entre burgueses que intentan llegar al Estado para vivir de él y hacer política, pero no para ayudar realmente a la sociedad. Dicho esto, a partir de la pandemia, la clase trabajadora también ha entrado en una crisis extrema: el paro es muy alto, no hay trabajo y sus condiciones son cada vez más precarias. La violencia en las calles tampoco ayuda. La sanidad y la educación está bajo mínimos. Todo esto profundiza la situación del país y agrava una crisis que es urgente solventar.
E. – Desde 2023, Daniel Noboa es el presidente de Ecuador. ¿Cómo está siendo su gobierno? ¿Y cómo está gestionando el clima de violencia?
N. – Pues, Daniel Noboa pertenece a una de las familias más poderosas del Ecuador: la familia Noboa es dueña del Consorcio Novis que es uno de los holdings más grandes que hay en Ecuador. Ha utilizado históricamente la exportación del banano, un sector que desde hace muchos años se ha vinculado con el narcotráfico. No es algo nuevo ni sorprende que en cajas de banano o en transportes de mercancía haya también droga, incluso se ve aquí en las noticias. En cuanto a quien es Daniel Noboa, es una persona que nació en Estados Unidos, cuya familia está vinculada a estas grandes empresas. Su llegada al poder se explica desde el miedo y el rechazo que una parte de la población le tenía a Correa. Mucha gente votó a una derecha mucho más reaccionaria como la que representaba Daniel Noboa, cuyas políticas son mucho más duras: intenta volver a traer las bases militares estadounidenses a Ecuador, impulsa una violencia estatal mucho más fuerte y plantea recortes en el sector público junto con privatizaciones en sectores vulnerables como la salud y la educación.
Sobre sus políticas contra las bandas delictivas, la violencia y el narcotráfico, no han sido lo que se esperaba. Al fin y al cabo, las bandas narcotraficantes están vinculadas a muchos de los negocios de Daniel Noboa y también a grandes capos militares o de la policía. En ese contexto, es complicado actuar contra estas estructuras delictivas si eres parte de ellas. Además, siempre escudándose en que «no hay efectivos» para poder actuar en contra de las bandas criminales y así justificar su voluntad de volver a traer las bases militares estadounidenses a Manta o también a Galápagos. Con este panorama, no creo que haya evolucionado ni que haya realizado reformas reales. Incluso ha perdonado deudas a su propia familia. Más que acabar con la delincuencia, ha agudizado más la situación. El panorama político con Noboa se está encrudeciendo mucho más y derivando hacia un enfoque mucho más radical de la violencia.
E. – La indignación en Ecuador ha generado ya varios paros nacionales. ¿Qué balance haces de estas experiencias?
N. – Desde 2019 se empieza a agudizar una crisis. En octubre de ese año hay un levantamiento bastante fuerte, muy similar a lo que ocurrió en este paro del 2025. En 2019 el detonante fue el alza de los pasajes y la eliminación del subsidio al diésel. Se convocó un paro nacional muy potente, sobre todo desde los sectores indígenas, y las manifestaciones adquirieron bastante crudeza: hubo once muertos y trece días consecutivos de paro nacional. Se levantan también los estudiantes y la gente de a pie porque la situación se iba agravando. En ese contexto hay que tener en cuenta que los grandes líderes indígenas no representan a las grandes masas. En Ecuador se les suelen llamar «ponchos dorados» porque, además de indígenas, son grandes empresarios que usan su condición de indígena para movilizar a las masas. El levantamiento en sí fue positivo y necesario, pero fue esa misma cúpula indígena la que negoció el cese del paro sin que cambiara nada. El resultado es un contingente de masas populares que se levanta pero que no está organizado.
En 2025, hace unos meses, hubo otro paro nacional, ya con Daniel Noboa en la presidencia. En 2019 era Guillermo Lasso el presidente. Esta vez se recrudeció aún más. Noboa decía que no tenía recursos para combatir la violencia del narcotráfico que había en las calles, pero durante el paro la gente se dio cuenta de que el despliegue militar y armamentístico fue bestial. Hubo una represión extrema, no solo de parte de la policía, sino también de los militares. Murieron dos personas y mucha gente fue encarcelada. Se invadieron casas con la excusa de que, si habían participado en el paro, tenían que ser detenidos. Aunque hubo menos fallecidos que en 2019, la represión fue mucho más violenta contra los manifestantes. Se quiso judicializar el paro y encarcelar a manifestantes acusándolos de terrorismo, algo que históricamente ha pasado con frecuencia en Latinoamérica.
Hago aquí un paréntesis: cada vez que hay un levantamiento popular, se tacha a las organizaciones de terroristas. En 2019 se acusó a Correa de ser quien financiaba las movilizaciones cuando no era cierto. En 2025 fue lo mismo: se afirmó que eran las bandas delictivas las que pagaban a los manifestantes. Al final, lo que se sacó como conclusión es que sí hay efectivos y recursos, pero no para poder combatir a las bandas delictivas del narcotráfico —obviamente el Estado no está para ese tipo de cosas— sino para reprimir al pueblo. Retomando con lo anterior, lo que hizo Correa —a parte de lo ya comentado— fue fortalecer el aparato de represión Estatal, ya fuera mediante la judicialización o dotando a policías y militares de armamento y tecnología. Nunca se vio todo ese armamento, esa tecnología o al poder judicial en la lucha contra de las bandas delictivas, pero sí se ha visto, tanto con Correa, como con Lasso y ahora con Daniel Noboa, que todo el aparato estatal se activa siempre en contra de las masas populares cuando se levantan.
E. – Hablando de Noboa y de represión, otro tema importante, aunque reciente, de controversia en Ecuador es la consulta popular para una posible reforma de la Constitución ¿En qué consiste?
N. – En este panorama político, y viendo de dónde viene Daniel Noboa, el tema de la consulta es un poco tramposo. Hay puntos que, leídos por encima, pueden tener sentido: reducir el número de asambleístas casi al 50% o luchar con el narcotráfico. Aunque ese dilema lleva planteándose desde siempre y no ha cambiado nada. En realidad, la consulta esconde que va a beneficiar mayoritariamente a empresarios, ya sean extranjeros o nacionales, y precarizar mucho más a la clase trabajadora. ¿Por qué digo esto? Porque, aunque reducir el número de asambleístas seduzca a la mayoría de las personas en Ecuador, se trata de reducir por reducir, no de redistribuir.
La consulta como tal busca apoyar a los grandes empresarios, avanzar hacia a la privatización de empresas del sector de la sanidad y la educación, e incluso hacer desaparecer el IESS, que es el sistema de Seguridad Social. Todo esto se plantea en un contexto de descomposición muy grande de la sociedad. Estas medidas no sirven, no porque no sirvan en sí, sino porque las políticas que están aplicando no son adecuadas. Privatizar empresas y precarizar a la gente no nos va a sacar de la situación en la que estamos, sino que la va a empeorar.
La Constitución no es que sea perfecta, pero al menos protege determinados aspectos de la naturaleza. Con esta reforma, cualquier persona con dinero podría venir a reservas naturales y destruirlas, o financiar partidos políticos y sus campañas electorales. Eso significa que quien tenga más dinero se podrá constituir como partido político y quién no, no será escuchado. Es un modelo muy similar al de Estados Unidos, dónde para tener un partido y unas listas debes tener un fondo económico muy grande. Ese es el trasfondo de la consulta popular: una patraña que más que acabar con el narcotráfico, que es lo que más preocupa a la gente, va a agudizar la situación. No va a cambiar nada en la violencia y el narcotráfico, van a ayudar a sus propios amigos y empresarios y favorecer que entren empresarios extranjeros a seguir privatizando y agudizando la precariedad del pueblo ecuatoriano.
E. – Para concluir, te pido una reflexión: ¿de qué forma crees que el pueblo ecuatoriano debería gestionar el preocupante auge de la violencia en el país?
N. – Buena pregunta, y bastante compleja, porque no es algo que se pueda hacer de la noche a la mañana. Creo que, principalmente las organizaciones y los colectivos tienen que seguir construyendo desde la base y no caer siempre en el tema del electoralismo o en las consultas populares como un salvoconducto para solucionar la violencia o la precariedad en el país. Hay que tener en cuenta que Ecuador es una semicolonia, un país que no tiene industria, y que, si no partimos desde esa base y de una visión marxista, es complicado desarrollar algo distinto. Recientemente ha sido la consulta sobre la constitución, pero la cuestión realmente es si va a cambiar algo estructuralmente.
La violencia puede ir disminuyendo paulatinamente, pero no por un político que diga que, con más violencia, más represión, más privatización o más trabajo se va a acabar, sino por la propia gente. El modelo de Bukele se ha presentado como una solución, pero yo creo que es un parche nada más, porque al fin y al cabo es un negocio. Al final, lo que se ha hecho históricamente —y sobre todo en Ecuador— es simplemente negociar con las bandas más fuertes, mientras que las más pequeñas, las que operan en la calle, acaban en prisión. El problema de ese modelo es que todo lo que no sea favorable al gobierno de turno, en este caso a Bukele, pero incluso al de Noboa, se termina tachando de terrorismo o de narcotráfico.
Por eso, creo que la salida no está en cambiar a un mandatario, sino en las bases organizativas: en el trabajo diario de la gente con el campesino, con el estudiante, con el poco proletario que existe en Ecuador, precisamente porque no tenemos una industria sólida. Es un camino largo, pero necesario para intentar revertir la situación del país, y en la región latinoamericana, y paulatinamente acabar con la violencia.
E. – Muchas gracias por tu tiempo y por esta entrevista. Aquí concluimos.
N. – Gracias a ti.