Hace un mes en el canal Red Planeta fue publicado un vídeo (https://www.youtube.com/watch?v=PQmneVCdJHw) titulado «El comunismo no es una identidad». En el mismo el camarada Oier Pérez abría un melón tan interesante como necesario sobre las formas que adopta la militancia comunista hoy en día. Probablemente algunos de nuestros lectores ya hayan tenido el placer de visionarlo. Y es que el equipo de Red Planeta cuenta con una difusión que ya le gustaría a muchas organizaciones comunistas que cuentan con cientos de militantes. Además, tuvimos el placer de acoger a Oier en nuestra tierra hace un año en la presentación de su trabajo «El libro negro del sionismo», celebrada en el Centro Social Miguel Hernández.

En este artículo se pretenderá profundizar en el tema que desde Red Planeta acertadamente han puesto sobre la mesa. La tesis principal del vídeo se puede resumir en que la identidad comunista ha sustituido la revolución. Se trata de una reflexión sobre lo que Oier denomina como la militancia performativa. Una crítica que se antoja como necesaria. Sin embargo, para que pueda calar y tener un efecto real, ayudarían dos cosas. Primero, una crítica a la totalidad de las formas militantes existentes en pos de su superación. Segundo, una propuesta clara que emane de esa crítica hacia el movimiento comunista del Estado español (MCEe). Si no, pudiera parecer que se trata de abroncar a los chavales recién iniciados en el comunismo y no es el caso. Al fin y al cabo, esa ansia que tienen algunos sectores de la juventud en adoptar una estética revolucionaria ni es nueva, ni es su culpa. Se puede vislumbrar en ella una incipiente voluntad de transformar su propio ser. Esta juventud busca que su personalidad no esté determinada por el hecho de ser una herramienta para el capital, sino otra cosa. Muchos de ellos genuinamente ansían convertirse en los sepultureros del viejo mundo. Esta labor inevitablemente acaba atravesando la personalidad de uno. La militancia transformadora acaba cambiando a nosotros mismos y nuestra manera de ver el mundo, de relacionarnos con el entorno. Ahora bien, para que esta forma de militancia sea real se tienen que dar una serie de condiciones. Las personas que no consagran a la revolución sus tardes libres, sino toda la vida, no brotan de la nada. La militancia profesional sólo puede nacer en el seno de las organizaciones profesionales.

El camarada Oier señala que el capitalismo ha apostado por desactivar la militancia comunista mediante la mercantilización. No obstante, aunque este fenómeno esté presente, hay que poner correctamente los focos. El capitalismo es un modo de producción, una forma de organización de relaciones humanas. No es una especie de ente que opera de manera consciente. Por lo tanto, la clave está en determinar cómo las lógicas del capital determinan nuestra agencia, puesto que somos nosotros los sujetos que las ponen en práctica.

Las relaciones en el seno de las organizaciones revolucionarias no dejan de estar determinadas por las contradictorias lógicas capitalistas. La inteligencia comunista consiste en saber discernir entre las prácticas que reflejan las tendencias hacia la superación de las relaciones caducas y aquellas que, al contrario, refuerzan el estado actual de las cosas. Dicho con otras palabras, entre las prácticas revolucionarias y contrarrevolucionarias.

Este ejercicio es parte de lo que comúnmente denominamos como el proceso de adquisición de la conciencia. Este radica en analizar y entender por qué hacemos lo que hacemos. De esta forma conseguimos diferenciar entre aquellas prácticas que hacemos «por inercia» y las que ejercemos de manera consciente. Las primeras constituyen el terreno del dominio impersonal del capital. Las segundas son fruto de las decisiones que tomamos con conocimiento de causa, enfocadas hacia la articulación de un proyecto político para la construcción de una sociedad acorde a nuestros intereses.

Sin realizar este ejercicio, las relaciones que se articulen en la asociación entre militantes serán guiadas por las lógicas impersonales del capital en vez de estar conscientemente construidas por los sujetos implicados. De ahí brotan los fenómenos como la competitividad o el individualismo. La situación actual de nuestro movimiento refleja que el estado general de la conciencia aún es bajo. Demasiadas cosas se hacen «por inercia». Por ello nuestra tarea actual se podría resumir en hacer avanzar nuestro movimiento de un estado inconsciente en el que se encuentra ahora hacia un movimiento construido «a conciencia».

Las formas performativas de la militancia son una de las expresiones de la materialización de las lógicas del capital. Las condiciones de posibilidad de su existencia radican en el marco de lo permitido. Podemos denominarlo como el terreno de lo posible. Este se articula en la interrelación entre lo legal y lo revolucionario. Dicho de otra forma, entre los límites establecidos por los aparatos represivos y la capacidad operativa de las organizaciones revolucionarias. La relación entre estos dos fenómenos influye en qué prácticas concretas adopta la militancia comunista. Partiendo de este punto, se ve que resulta algo superficial declarar que los capitalistas recurren a la represión como una herramienta auxiliar, tan sólo cuando agotan otras vías de neutralización del movimiento revolucionario. Esto puede ser cierto en general, pero la realidad que aflora a través de cada caso concreto es más compleja. No podemos perder de vista el factor subjetivo. Puede que para los capitalistas sea racional no recurrir a la represión descarada ante unas prácticas inofensivas y optar por vías conciliadoras que apaguen las llamas. Sin embargo, la realidad nos muestra que no siempre ocurre así. Al igual que, a veces, el aparato represor subestima el potencial de los revolucionarios y tarda demasiado en actuar con la contundencia necesaria para sus intereses. De la misma forma que no se pueden pedir peras al olmo, no se puede esperar que los capitalistas actúen siempre de manera racional, primando los intereses generales de su clase en detrimento de sus intereses inmediatos.

Sea como sea, el punto crucial en esto es que los capitalistas disponen de un aparato represor profesional, mientras que nosotros carecemos de herramientas suficientes para hacerle frente. Por eso estamos obligados a no sobrepasar demasiado los límites de lo permitido si es que no queremos ser desarticulados desde el minuto uno. Por ello aquí el paso de la militancia inercial a la consciente consiste en asumir que la apuesta por unas formas de lucha más decididas, más combativas, debe necesariamente ir acompañada de profesionalización de nuestros aparatos antirrepresivos. De estudiar y anticiparnos a la respuesta del enemigo a nuestra actividad. Lo contrario sería pecar de aventurerismo, sirviéndonos en bandeja a la policía y los jueces.

Ensanchar el marco de lo permitido no es la condición sine qua non para desarrollar unas formas de militancia más serias. Pero no cabe pasar por alto su influencia en el movimiento. Por ello es útil acometer los esfuerzos necesarios tanto para debilitar en la medida de lo posible los aparatos represivos y su margen de maniobra, como para hacer que nuestro movimiento sea más resiliente a medida que aumenta su capacidad y ansia de combate. No basta con instar a la gente a perder el miedo si no se crean las condiciones necesarias para curtir la valentía. Ya que esta no debe partir de un fanatismo ciego, sino de unas condiciones materiales que ayuden a creer en que la victoria es posible.

Para este fin resulta tan inútil el apego a la legalidad y el temor a «asustar a las masas», como la marginación voluntaria en círculos clandestinos. Se trata de conjugar de manera inteligente la actividad legal e ilegal. Esto es algo básico y sabido desde los tiempos de V. Lenin. Cualquier organización comunista tiene más o menos presente esta verdad. Ahora bien, el conocimiento de algo no implica su correcta implantación práctica. Por ejemplo, aunque la militancia performativa cae en el apego a la legalidad y a rebajarse a la conciencia espontánea de las masas, en su actuar emplea algunas actividades penadas por la ley. No se trata, pues, de la forma de la acción, sino de su contenido. Y este se define por sus fines. Es decir, una acción valiente y decidida que pueda acarrear graves consecuencias legales no deja de ser una acción performativa —una teatralización de la lucha de clases como diría Oier— si está enfocada en el autobombo, en aparentar ser el más revolucionario del patio. Y es que lo revolucionario no se mide por la forma, sino por el contenido. La esencia ha de estar vinculada a la elevación de la conciencia de clase del movimiento comunista y de las masas proletarias en general.

En este sentido, las formas de militancia que Oier critica y vincula a ciertos sectores concretos (hijos e hijas de las mal llamadas clases medias de Occidente) no agotan la militancia performativa como fenómeno. Es decir, no sólo las organizaciones de marcado carácter juvenil padecen de este mal, sino que este impregna todo nuestro movimiento en general. Aquello que se presenta como la alternativa a la «festivalización» no llega a ser la superación de la performatividad. Aunque pueda parecer paradójico, esencialmente es lo mismo, pero con otra forma, es otra identidad más. A menudo suele ser bastante obrerista y/o trata de presentarse como la más decidida, seria o radical. Como una lucha de clases «real» y no lo que hacen otros. Así pues su contenido es el mismo que lo de aquello que pretende criticar. Una manera de escoger una identidad y performarla en oposición a otras.

En vista de esta situación, pareciera que podríamos parafrasear a W. Shakespeare y decir que todo el MCEe es un escenario y somos sus meros actores. Y a este escenario nos llevan las lógicas del capital. Por lo que la salida pasa por oponernos a ellas. Pero hacerlo no es fácil y el primer paso es trabajar continuamente por detectarlas, sacarlas a la luz, saber cómo actúan sobre nuestro ser en cada momento determinado. En resumidas cuentas, volvernos conscientes. En esta tarea es ineludible el estudio del materialismo dialéctico y Oier hace bien haciendo hincapié en esta cuestión en su vídeo. No obstante, aquí cabe hacer una advertencia. La transformación revolucionaria del mundo circundante contiene como su parte intrínseca la necesidad de conocer la realidad. De ahí que el proceso de formación debe estar orientado por el objetivo de conocer para transformar. Este y ningún otro. Ya que hasta el estudio del marxismo a menudo se convierte en un mero ritual, en una actividad que sirve a fines identitarios, a simular la práctica revolucionaria en vez de ejercerla realmente.

La práctica y la conciencia revolucionaria fenomenológicamente están indisolublemente ligadas. Pero su unión no viene dada, sino que se construye mediante un tercer elemento: la militancia. Sólo la organización revolucionaria puede actuar de mediación en este binomio. De manera que la conciencia de clase sólo puede emanar de la lucha política, pero esta puede adoptar múltiples formas. Una práctica política desorientada e irreflexiva jamás podrá engendrar la conciencia revolucionaria. Entonces lo que nos interesa en este momento es promover aquellas formas de militancia que construyan herramientas efectivas que permitan adquirir la conciencia sobre el funcionamiento actual del modelo capitalista en todas sus concreciones.

A esta tarea es a la que debemos encomendarnos y hacer que un número cada vez mayor de proletarios la entiendan y la asuman. Ni la lucha por los intereses inmediatos, ni estudio desligado de los problemas reales que atraviesan nuestro movimiento. El objetivo inmediato debe ser nuestra propia transformación, la concienciación de nuestro movimiento y de los elementos más activos de la clase trabajadora sobre las lógicas del capital que nos atraviesan. Así, cualquier actividad que llevemos a cabo debe ser valorada no por su forma, sino por la correspondencia con el objetivo enunciado. En otras palabras, por la correcta adecuación de los medios a los fines, por la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace, por la concordancia entre la esencia y la apariencia.

V. Zasulich