En noviembre del pasado año se celebró la XV edición del Salón del Manga y la Cultura Japonesa, tres días en los que el auditorio Víctor Villegas (y alrededores) acogen un evento lleno de color y actividades: concursos, talleres, torneos, etc., se suceden de manera frenética para un público que acude lleno de ilusión junto a sus amigos o familiares, en muchos casos, luciendo orgullosos un cosplay que seguramente hayan tenido que trabajar durante meses.

Con esa ilusión acudió nuestro entrevistado, que forma parte de la empresa que se encarga de organizar la logística del encuentro (Salzillo Servicios) así como todas las cuestiones técnicas de luz, sonido o decoración. La ilusión se fundamentaba en poder trabajar en un evento que, además, le atraía a nivel personal por sus gustos y dedicaciones. Por desgracia, esta emoción duró poco pues fue rápidamente ensombrecida por las condiciones laborales que se enmascaran tras un evento que se muestra a la sociedad como un bastión en la defensa de todo lo relacionado con la cultura japonesa y el manga y sus fieles.

Tras la decoración, los colores y la fantasía se encuentra un mundo mucho más oscuro: la organización se aprovecha de un centenar de jóvenes que, emocionados con todo lo que rodea a este mundo, se apuntan como voluntarios. «Ahora después de la reunión [para explicar las tareas] vamos al McDonald’s y os invitamos a unas hamburguesas de 1€», les dijeron a los chavales, y así, con un centenar de euros, se ahorran sus sueldos pero también todos los gastos relacionados como el seguro o las cotizaciones puesto que estos jóvenes no tienen ningún tipo de contrato y no hay una contabilización del número de voluntarios. Todo esto bajo el amparo del Instituto de las Industrias Culturales y de las Artes (ICA). De esta manera los organizadores amplían su margen de beneficio ya que las entradas son cada vez más caras para los asistentes mientras que, por otro lado también, son muy altos los precios que deben pagar quienes quieren poner un pequeño puesto de artesanía en el Salón (muchos, además, son elegidos «a dedo»). 

Junto a estos voluntarios, que se encargan en gran parte de todo lo que respecta a la logística y la organización y distribución del público asistente, trabaja la empresa de nuestro compañero que se encarga, como hemos dicho, especialmente de la parte técnica para que todos los talleres, charlas y concursos funcionen. Aunque estos trabajadores sí perciben un sueldo, su situación no es para nada amable sino que, por el contrario, atenta contra sus derechos de manera reiterada. Nuestro entrevistado nos narra como es el día a día allí: se entra a trabajar a las 7:30 de la mañana y se trabaja, literalmente, durante todo el día puesto que el ritmo frenético de las actividades impide un minuto de descanso ya que siempre hay desajustes técnicos que arreglar de cara a que todo pueda seguir su ritmo y no haya retrasos.

¿Y qué descanso tenéis para comer? Le preguntamos. «Ninguno», nos responde. «Te tienes que comer el bocadillo en un rincón escondido en un par de minutos que puedas sacar», relata. Y así, con un par de bocados mal dados tienen que aguantar hasta más o menos las 21:30. «El salón se cierra sobre las 20:00, pero claro, luego hay que recoger todo, arreglar los desperfectos y dejarlo preparado para el día siguiente», nos cuenta. Todo este frenesí se entremezcla con que les obligan a enseñar a las personas voluntarias el trabajo que deben desempeñar mientras realizan su propio trabajo. «Además, no te avisan, no hay preparación, una vez que llegas allí te enteras de lo que hay que hacer ese mismo día», añade.

Agotado, a las 21:30 se va hacia su casa pensando en qué puede cenar rápido para irse a dormir y en cuántas horas va a poder descansar si a las 6:00 de la mañana tiene que estar de nuevo en pie para echar otra jornada de más de 12 horas por un salario de miseria.  Cuando le preguntamos cuál es su rutina antes de ir de camino al trabajo y nos cuenta que principalmente toma café para sobrellevar el agotamiento y se prepara el bocadillo. Sorprendidos, le preguntamos que si es que la empresa no les da de comer estando allí todo el día trabajando. «Qué va, si queremos comer algo, aunque sea a escondidas, nos lo tenemos que traer de casa», explica con un suspiro. «No nos dan de comer, que deberían, y tampoco cumplen las 12 horas legales de descanso entre turno y turno pero tampoco es nuevo. Es nuestro día a día para aquellos que trabajamos en la industria del espectáculo».

Los tres días que duró el Salón del Manga acabaron con todas las energías de nuestro compañero. No obstante, la rueda del capitalismo no para; al día siguiente vuelta a empezar con otro espectáculo, sin días de descanso, sin tiempo para recuperarse. Trabajando además, por horas, sin salario estable y sin cobrar las horas extra. Estas son las condiciones de nuestros compañeros y compañeras que están detrás de los espectáculos que vamos a disfrutar. Tras la cortina de la luz y el color, se esconde una terrible realidad. El sistema capitalista aplasta a la clase obrera en un ciclo sin fin. Incluso aquellos espacios que parecen más amables o que aparentan buenas intenciones, son negocios al servicio del lucro personal de un par de empresarios.