Estamos viviendo tiempos convulsos a nivel internacional. Cada día nos despertamos con actualizaciones de víctimas civiles y los medios de comunicación suelen hacer hincapié en el número de mujeres y niños asesinados por tratarse de «colectivos vulnerables». Es una de las cosas que inevitablemente refuerza en nuestra cabeza la imagen de la mujer como el «género débil». Como si se tratara de sujetos pasivos que únicamente pueden ser víctimas de guerras y no sus protagonistas. A veces se les concede el dudoso honor de ser utilizadas como escaparate de algunas fuerzas armadas. La propaganda que recientemente está empleando el ejército israelí es un buen ejemplo de ello. Los perfiles sionistas en redes sociales no dudan en explotar la imagen de sus soldados mujeres para cosechar interacciones y aprobación social. El leitmotiv de estas publicaciones es la sexualización. Además, en ellas suele insinuarse la superioridad de las mujeres hebreas  —empoderas, que visten uniforme militar y no hiyab— frente a las árabes. Así es como concibe el imperialismo a la mujer, como mero sujeto pasivo, como víctima o como escaparate. No así el comunismo. Prueba de ello fue la charla organizada por Iniciativa Comunista (IC) pasado sábado 18 de noviembre en el Centro Social Miguel Hernández. Su título era «Mujeres revolucionarias organizadas» y el objetivo era analizar el papel de las organizaciones de mujeres en centros imperialistas, así como en los países oprimidos. Esta separación no es caprichosa, ya que existen diferencias cualitativas que atraviesan y determinan todas las relaciones sociales. Las formas organizativas de las mujeres proletarias tampoco escapan de estas lógicas. Precisamente por eso, la primera parte de la jornada, que transcurrió a puerta cerrada, se centró en el análisis del imperialismo para determinar cuáles son las causas que provocan la violencia contra las mujeres en el sistema que tenemos actualmente.

La crisis del petróleo de los años setenta fue elegida como el punto de partida debido a que fue un momento de inflexión en la economía global. Se estableció una nueva división del trabajo en la que las economías occidentales tendieron hacia una mayor financiarización, mientras que el resto, es decir, la mayoría de los países del mundo sufría una violenta integración en el sistema global. Préstamos, deudas, «ayudas» financieras, entrada de inversiones extranjeras y, como culmen, intervenciones militares fueron algunas de las herramientas empleadas para darle la puntilla a las economías de subsistencia aún presentes en una buena parte del mundo y terminar de proletarizar su población. Los efectos en el papel social atribuido a las mujeres eran enormes. Su rol dentro de las economías de subsistencia era bien distinto al que tuvieron que desempeñar al convertirse en mujeres proletarias insertadas en el modelo capitalista en su fase monopolista.

La igualdad entre un proletario y una proletaria en el capitalismo es una igualdad en la competencia. Pero no se instaura de un día para otro a golpe de decreto. Tal y como nos muestra la historia del movimiento de mujeres en los siglos XIX-XX, incluso esa «libertad» capitalista no fue regalada, sino que tuvo que ser peleada, y desgraciadamente, también en contra de las voluntades reaccionarias de sus compañeros proletarios. Algo parecido ocurrió y sigue ocurriendo a día de hoy con especial notoriedad en los países imperializados, fenómeno que desata toda una serie de consecuencias sociales. Entre ellas, la migración interior de áreas rurales a zonas urbanas y exterior desde el Sur Global al Norte Global, una mayor explotación para preservar los superbeneficios de la oligarquía financiera, el declive del modelo de la familia tradicional, procesos de «occidentalización», etc. Por último, en esta parte de la jornada se analizaron distintas expresiones de violencia sexual especialmente aguda en la que, aparte de la prostitución, están muy presentes las esterilizaciones forzadas y la gestación subrogada.

Pero, ¿cómo afecta esta realidad a las organizaciones revolucionarias de mujeres en los países oprimidos? El creciente número de ocupación femenina en la industria refuerza la lucha económica. Hay que señalar que esta lucha es más peligrosa en comparación a lo que nos acostumbra la realidad occidental. La represión por pelear los derechos laborales es más severa debido, entre otras cosas, a que las mujeres ocupan puestos en sectores claves para la economía global. El ejemplo paradigmático de esto son las plantas de ensamblaje de microchips en Asia donde se trata de un sector totalmente «feminizado». La estabilidad del sistema capitalista descansa sobre los hombros de estas proletarias. Es por eso que sus derechos laborales no preocupan demasiado a las organizaciones y políticos occidentales.

Muchas mujeres a día de hoy aún se ven en la necesidad de emprender la lucha por los derechos democráticos burgueses. A menudo las proletarias son la punta de la lanza en estos combates. Quizás una de las mejores cuestiones para ilustrar esta situación es la lucha de liberación nacional. Por ello, la segunda parte de la jornada fue dedicada al estudio del papel de la mujer palestina. Lo primero que hay que señalar es la larga tradición de esta lucha que empezó en los tiempos de la colonización británica y no cesó desde entonces. Las mujeres tuvieron que hacer frente a las violencias y agresiones sexuales perpetradas por los colonos ingleses. Fue la presencia británica la que hizo que muchas mujeres palestinas de entonces optaran por vestir ropa larga que tapara su cuerpo. Lo hacían para intentar disminuir el riesgo de ser agredidas por colonos blancos.

Son conocidos los ejemplos de la resistencia femenina frente a los primeros pasos del sionismo antes de la II Guerra Mundial. Cuando en los años sesenta la resistencia palestina vuelve a la ofensiva, las mujeres pelean por estar en la primera línea, en igualdad de condiciones con sus compañeros hombres. A día de hoy, las mujeres palestinas continúan organizándose en las brigadas, participando activamente en la lucha armada, llegando a ocupar puestos dirigentes. Más allá de tareas militares, también desempeñan otras funciones imprescindibles para el día a día de la Resistencia. Realizan el abastecimiento de suministros, velan por la seguridad de los lugares sagrados, participan en la producción, se encargan de la formación de la juventud, etc. Evidentemente, el tipo de tareas varía dependiendo de la zona, puesto que la vida no es igual en Gaza que en Jenin o Jerusalén. Lo que sí es común para todas ellas es el riesgo de sufrir violencia sexual que es utilizada como arma de guerra y como herramienta disuasoria por el ejército sionista.

Nuestras condiciones concretas influyen de manera determinante en nuestra actividad. Es por ello que en la última parte de la jornada, abierta al público, se hizo especial hincapié en la concreción práctica. La proletarización del Sur Global empuja a millones de mujeres a migrar hacia países imperialistas. Aquí su condición hace que su fuerza de trabajo se vea devaluada, además de sufrir otros tipos de discriminación. Igual que en sus países de origen, se ven expuestas a la superexplotación. Pertenecen a las capas más hondas del proletariado. Están más alejadas de las mujeres de clase media, lo cual hace que reciban una menor influencia ideológica por su parte. Es una de las razones que explica las bajas tasas de sindicalización de las mujeres migrantes tanto en comparación con sus compañeras nativas como con sus compañeros extranjeros. Es decir, las lógicas del capital impiden que se establezcan lazos político-sociales entre las mujeres migrantes y las mujeres acomodadas de las capas altas del proletariado. La vida de una limpiadora española poco tiene que ver con la vida de una catedrática de universidad, pero esta última aún tiene menos que ver con una limpiadora migrante. El capitalismo en su fase imperialista introduce una fuerte separación entre estas capas de mujeres proletarias. Las consecuencias políticas de esta situación se traducen en que cualquier ley estatal en materia de género tenderá a dejar fuera, cuando no directamente atacar, a la mujer migrante mientras beneficia a la aristocracia obrera. Rara vez una reforma podrá beneficiar a todas las mujeres residentes en España e incluso cuando esto ocurra será a costa de los países oprimidos. He aquí el límite de la socialdemocracia que debe ser aprovechado para la Revolución.

Sentados en círculo, los asistentes trataron de dar respuestas a cómo orientarse en el momento actual y qué hacer. El agotamiento del movimiento feminista ha puesto sobre la mesa la necesidad de hacer balance y autocrítica. Una de las cuestiones más importantes era determinar qué forma debe adaptar una organización revolucionaria hoy, en Occidente, para ser una herramienta efectiva para las mujeres proletarias. Una de las conclusiones es que en el momento actual no podemos pretender construir organizaciones que representen a todas las mujeres proletarias del Estado español porque el imperialismo hace que esta unión sea servil a los intereses del reformismo, tal y como ya ocurrió con una gran parte del movimiento feminista. De lo que se trata es crear espacios de unión entre mujeres comunistas, proletarias nativas que no pertenecen a la aristocracia obrera y las proletarias migrantes. Esta composición de clase aísla la influencia de las ideas imperialistas que son transmitidas al movimiento a través de los elementos obreros aburguesados, que en este caso son las mujeres reformistas pertenecientes a la aristocracia obrera. Otra ventaja de esta composición es que las comunistas y las mujeres proletarias sólo pueden unirse alrededor de las tareas revolucionarias porque la lucha reformista no beneficia a ninguna de ellas. La última observación en cuanto a esta unión es que es, en cierto modo, antinatura porque va en contra de las lógicas del capital que impiden que estas mujeres tengan espacios de socialización comunes. Es por eso que la resolución de tareas en torno a su construcción supone una actividad consciente contra las fuerzas del capital que empujan en sentido contrario. Este es el esfuerzo que toca acometer ahora, trabajar por la unidad de mujeres en torno a las tareas revolucionarias. El internacionalismo proletario no puede ser una mera consigna, debe ser un ejercicio continuo por aprender y para poder crear condiciones necesarias hasta que la unidad revolucionaria pueda ser una realidad.