Que ningún militante dedicado a la labor práctica se ofenda por este duro epíteto [mísero artesano], pues en lo que concierne a la falta de preparación, me lo aplico a mí mismo en primer término. He actuado en un círculo que se asignaba tareas vastas y omnímodas, y todos nosotros, sus componentes, sufríamos lo indecible al comprender que no éramos más que unos artesanos en un momento histórico en que, modificando ligeramente la antigua máxima, podría decirse: ¡Dadnos una organización de revolucionarios y removeremos a Rusia de sus cimientos! Y cuanto más a menudo he tenido que recordar la bochornosa sensación de vergüenza que me daba entonces, tanto mayor ha sido mi amargura contra los seudosocialdemócratas que «deshonran el nombre de revolucionario» con su propaganda y no comprenden que nuestra misión no consiste en propugnar que se rebaje al revolucionario al nivel del militante primitivo, sino en elevar a este último al nivel del revolucionario

 

V.I. Lenin

Lo que se va a tratar de analizar y reflexionar en el presente texto es de la más candente actualidad, y si bien no va a ser objeto de debates por los tertulianos de Al Rojo Vivo ni se va a comentar en El Hormiguero, su lectura puede resultar de gran utilidad para cualquiera que esté interesado en la cuestión organizativa y en la controversia que se ha generado en torno a ella en el seno del Movimiento Comunista del Estado español (MCEe en adelante). Los aspectos organizativos quizás sean una de las temáticas que más a menudo salen a la luz en los debates de las organizaciones comunistas, y a pesar de que existen multitud de puntos de vista y posiciones al respecto, a la hora de la verdad, encontramos pocas diferencias entre destacamentos muy distintos en lo que se refiere a la concepción de la militancia y el estilo de trabajo. Es decir, tanto las organizaciones que asumen y se declaran fieles seguidores del centralismo democrático como las que optan por otras formas más asamblearias, acaban por tener una estructura y un estilo de trabajo muy similar y esto se debe a que no se estudia debidamente la cuestión organizativa y su aplicación en la actividad militante.

El dogmatismo en el entendimiento del centralismo democrático

En el documento publicado por Iniciativa Comunista bajo el título de «Dogmas contra la reconstitución», el primer dogma al que se hace referencia es «Sobre la asunción de principios de forma declarativa». Este consiste en adoptar una serie de principios como base de una organización, pero sin aplicarlos de manera correcta en el trabajo práctico diario. La aplicación incorrecta de los principios que de manera abierta se asumen en unos estatutos es consecuencia de no haber realizado el oportuno estudio y debate previo sobre qué son tales principios, qué implicaciones tienen y por qué es necesaria su aplicación. 

La principal consecuencia de esta aplicación dogmática es que, lo que una vez fue definido como la más alta expresión de la capacidad organizativa del proletariado y como el modelo más completo para enfrentarse de manera eficaz al orden burgués, queda reducido a unas pautas organizativas o de funcionamiento que se limitan, en resumen, a la existencia de células, estructuras intermedias y comité central, la celebración de congresos cada cierto tiempo, el «debate» celular y la obediencia ciega a los órganos superiores y la participación en espacios de masas donde juntar a la militancia con personas ajenas a la organización. Esta desviación con respecto a la verdadera esencia del centralismo democrático da lugar a un modelo organizativo ineficaz que poco o nada tiene que ver con el modelo proletario y que ha sido objeto del surgimiento de voces críticas que pretenden «superarlo», sin comprender que no es el centralismo democrático lo que quieren superar sino su desviación práctica.

Es nuestro deber como marxistas-leninistas denunciar esta actitud oportunista e ir a la raíz del problema, analizando por qué la mayoría de organizaciones del MCEe no somos capaces de implementar de manera correcta el centralismo democrático y cómo podemos hacerlo, en lugar de descartarlo como forma organizativa válida y pretender «superarlo». 

Otra vertiente del dogmatismo en la cuestión organizativa la encontramos en la negativa a buscar nuevas formas de militancia cualitativamente superiores a las existentes. En la actualidad, los destacamentos del MCEe se encuadran en dos polos opuestos, por un lado, estructuras internas rígidas y burocráticas las cuales no permiten aprovechar toda la fuerza de la militancia, y por otro, estructuras asamblearias en las que apenas existe división del trabajo y que favorecen la falta de cohesión interna. No obstante, aunque en la teoría se posicionan en uno u otro extremo, en la práctica la mayoría adoptan un modelo organizativo que podemos denominar como burocratismo asambleario, el cual no permite concentrar esfuerzos para alcanzar los objetivos, y que se configura como el modelo antagonista del centralismo democrático. A pesar de ser muy parecidos en la práctica, para más inri, lleva a muchos destacamentos a fomentar el patriotismo de siglas impidiendo el acercamiento entre ellas, alejándonos de la tarea de la reconstitución del Partido Comunista.

Por lo tanto, se puede decir que el dogmatismo en la cuestión organizativa es el inmovilismo, la negativa a implementar los cambios estructurales necesarios y determinados por los objetivos reales que se plantea una organización. También es idealismo, pues parte de ideas preconcebidas y estáticas para aplicarlas a una realidad cambiante, en vez de analizar esa realidad e idear unos medios útiles para cada situación y objetivo.

Contribución de voluntarismo militante

La piedra angular que ha sostenido durante tanto tiempo el dogmatismo organizativo es el voluntarismo militante. Pero, ¿qué es este concepto de militancia voluntarista? 

Por la general, en el funcionamiento de las organizaciones revolucionarias se observa un mismo patrón: las personas que más tiempo dedican a su organización lo hacen de manera voluntarista, es decir, movidas por compromiso individual y no por un mandato colectivo que en muchas ocasiones ni si quiera existe y que provoca que el resto de la militancia adopte una actitud pasiva. Probablemente, esta situación va acompañada de la ausencia de una estructura que posibilite el adecuado reparto de tareas. 

En las organizaciones que aplican el voluntarismo militante, las personas que destacan en un momento dado en tareas concretas empiezan a asumir cada vez más tareas, a veces sin conexión lógica entre las mismas, y terminan haciendo «de todo». Así surgen «referentes en todo», personas que compaginan papeles decisivos en uno o varios espacios y en su propia organización. Para ser ese tipo de «referente» una persona termina teniendo que dedicar a la militancia todo el tiempo que le queda después de la jornada laboral, descuidando otras facetas necesarias para el desarrollo personal como las actividades de autocuidados o las tareas del hogar, entre otras. Las consecuencias que conlleva esta forma de militancia conducen en la mayoría de los casos al abandono de la organización por parte del militante, ya sea por la frustración provocada por el primer o los sucesivos fracasos que pueden ocurrir por la asunción de cada vez mayores responsabilidades, o por el descuido de otras cuestiones vitales. A nivel de problemas psicológicos basta mencionar la dependencia emocional y social que desarrolla tanto la persona con la organización, como la organización con la persona. Así, no se establece una relación política entre el cuadro y la organización, sino una relación social tóxica entre una persona y el colectivo al que pertenece

Todos los problemas esgrimidos no deben llevarnos a confusión. El sacrificio militante no es malo per se. El anteponer las necesidades colectivas a las individuales es un deber ineludible de la militancia auténticamente comunista. No hubiéramos llegado al punto en el que estamos si no hubiera sido por el sacrificio de cientos y miles de militantes; si no hubiera sido por el sacrificio diario de cada una de nosotras. La militancia «a la carta»; el estar disponible únicamente cuando esto no implique ningún coste personal, también es militancia voluntarista y una actitud que debemos seguir combatiendo. No obstante, debemos dejar atrás desviaciones ciertamente practicistas que nos llevan a pensar que el mejor militante comunista es el que más horas dedica a la organización. No es un mal militante aquel que sólo tiene una hora libre y la dedica íntegramente de manera disciplinada a las tareas revolucionarias. Igualmente, tampoco aporta mucho una persona con demasiado tiempo libre que se desvive por su organización únicamente para obtener rédito personal, subir puestos en una estructura burocrática y promover una línea nociva para las necesidades revolucionarias de aquí y ahora. 

Debemos reconocer y poner en valor el papel de la militancia voluntarista, igual que hacían los bolcheviques reconociendo el heroísmo de los revolucionarios-terroristas que les precedieron, pues ha permitido preservar el movimiento tras la derrota histórica y el declive ideológico de la década de los noventa y los años 2000. No condenamos la militancia voluntarista, reconocemos su contribución en un período concreto de la historia, pero también afirmamos que su tiempo ya pasó. En la situación actual tanto las condiciones objetivas como nuestro movimiento están maduros para dar el salto cualitativo para defender y poner en práctica la militancia profesional.

Profesionalización y productividad de la militancia

La profesionalización de la militancia no consiste sólo en buscar medios de financiación para poder proporcionar un sustento a un número cada vez mayor de camaradas, sino construir una estructura profesional. Es evidente que en la situación actual del MCEe está lejos de poder ser implementado este modelo y de poder liberar a militantes de su trabajo para que se dediquen a tiempo completo a la revolución, pero sí podemos empezar por poner en práctica algunas ideas referidas a estructura interna que nos permitan organizar mejor nuestro trabajo colectivo. Esto último también es una condición indispensable para establecer un nuevo sistema de relaciones interpersonales de carácter revolucionario. Y es que sería idealista pensar que ese sistema de relaciones profesionales puede nacer de la mera voluntad de las implicadas, sin la base material en forma de una estructura profesional. Esto empieza por cuestiones relativamente pequeñas como dar consejos eficaces sobre la organización y gestión del tiempo, repartir las tareas de cuidados cuando sea posible o ayudar a encontrar puestos de trabajo menos precarios que permitan una vida más o menos estable, entre otros

El tiempo libre es una cuestión de clase. Sacar a una militante precaria de las garras de la esclavitud asalariada sería la solución óptima pero, desgraciadamente, no podrá ser aplicada a todo el mundo y tampoco puede convertirse en el objetivo principal de la organización. Al fin y al cabo, los militantes son liberados no por piedad, sino para que cumplan con sus tareas revolucionarias a un nivel superior, también con mayores exigencias, y con el objetivo principal de seguir construyendo la organización que nos lleve al comunismo. 

El concepto que nos puede ayudar a esclarecer algunas ideas es el de productividad. Las militantes comunistas deberán ser siempre productivas. Pero imaginemos la productividad como un fenómeno compuesto por dos momentos antagónicos: trabajo y descanso. Cogidos por separado, el trabajo sin descanso pierde productividad y el descanso sin trabajo no llega a producirla

Volviendo al fenómeno de la militancia voluntarista y aplicando este esquema, podemos concluir que el esfuerzo voluntario genera productividad, pero ésta irá decayendo por falta de descanso. Si analizamos la composición interna de un destacamento comunista promedio, podemos decir que generalmente una organización comunista se compone de militantes que se desviven por su destacamento y otros que militan sólo de manera formal. Pues bien, aquellas que se desviven representarían el polo del «trabajo», mientras la otra parte sería la materialización del «descanso». Así, el conjunto de la militancia de una organización promedia representaría una unidad entre trabajo y descanso, estableciendo un equilibrio aparente, profundamente falso. Los primeros tenderán a disminuir su productividad y los segundos simplemente no la aportarán. Como resultado, la organización en su conjunto bajará progresivamente su rendimiento, las militantes trabajadoras tenderán a abandonar sus filas y, lo más curioso, es que las que «descansan» también terminarán abandonando al ver que la organización en la que militan «ya no es lo que era». 

Nuestra tarea ahora es articular estructuras orgánicas que minimicen el riesgo de que los camaradas se quemen y terminen por abandonar su organización, atendiendo a la diversa realidad de nuestra clase y nuestros objetivos. Debemos, pues, empezar a poner en práctica algunos cambios estructurales dirigidos a la construcción de una organización con un sistema de relaciones profesionales y revolucionarias. Deslindemos los campos entre la nueva militancia profesional y la vieja militancia voluntarista que predomina en el MCEe.